Las escuelas como cárceles

Sobre el dibujo de la alumna de 9no año de la EGB, donde se representa la escuela como una cárcel, puedo decir que yo viví la misma experiencia cuando comencé a trabajar en la Escuela Álvarez Condarco.
Cuando entré por primera vez al colegio tuve la sensación de estar en una prisión, nunca he visitado una prisión, pero esta escuela se parece bastante.
Mi primer día de trabajo fue espantoso, no tenía idea de nada, y nadie se preocupó en recibirme y darme algunos consejos. Entré al aula, y los chicos me miraron huraños y desconfiados. La sensación fue violenta. Inconscientemente sentí rechazo y deseos de terminar rápido.
Las escuelas de mi época eran diferentes, por lo menos los edificios tenían otra estética: salones limpios, aulas decoradas con cuadros y pinturas, murales en el patio y un piano viejo para los actos.
En la actualidad las escuelas públicas han adoptado la estética de la prisión: suciedad, pobreza, falta de color, y rejas por doquier. Son características que resultan chocantes para alguien que viene de afuera.
Lo peor, es pensar lo horrible que deber ser para un chico de 14 años que por razones económicas y sociales tiene que enfrentar un lugar tan poco amigable, donde ademas se lo trata como un delincuente o inadaptado.
Es sabido que en las instituciones públicas hay muchas falencias, sobre todo humanas, ya sea por la falta de compromiso de las autoridades, o la poca visión de los docentes, que formados en una concepción estructuralista del saber, buscan que el alumno aprenda o copie lo que dice el manual, quitando importancia a la opinión de los alumnos o de aquello que tienen para decir: sus vivencias, sus sentimientos, aunque las escriban mal, son parte de su vida y de su sentir.
Son cosas que con el tiempo van generando un maltrato y una violencia reciproca que daña toda la institución. Probablemente los que se acostumbran a ese maltrato ya lo han naturalizado y opinen diferente.